JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Sois un hombre admirable, mi querido sabio —dijo Juan Jacobo.

—Dejad que yo obre, pues en ello tengo un interés particular: no ignoro que habéis ya empezado un envidiable y concienzudo trabajo acerca de los musgos, tarea que yo también he emprendido; pero en la cual voy caminando a oscuras. Esto quiere decir que confío en vuestras luces para que me sirvan de guía.

—¡Oh! —exclamó Rousseau, cuya satisfacción brilló en sus ojos, aunque procuró ocultarla.

—También allí tendremos preparado un almuerzo ligero a la sombra de los árboles, y tampoco nos faltarán hermosas flores… Conque… ¿Es cosa hecha?

—Sin duda.

—Corriente; queda dispuesta la partida para el domingo.

—¡Deliciosa partida! Ya me figuro que sólo tengo quince años, pues disfruto de antemano todos los placeres de que espero gozar —contestó Rousseau con una satisfacción infantil.

—Y vos, amigo mío, disponed vuestras piernas para el paseo del domingo.

Murmuró Gilberto algunas palabras como dando las gracias, que M. de Jussieu no pudo oír, y los dos botánicos abandonaron la buhardilla, dejando al joven entregado a sus pensamientos, y, especialmente, a sus temores.


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