JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Examinadas por esta de hito en hito todas las ventanas, y muy especialmente las de su misma casa, salió de ella dirigiéndose al jardín hacia la parte que ocupaba la espaldera, en la cual había algunos encajes secándose al sol.
Precisamente junto a la espaldera había caído aquella piedra que excitaba la atención de Gilberto y de Nicolasa. El primero observó que la segunda empujaba con el pie aquel objeto de tanta importancia en aquel instante, y que continuaba empujando hasta hacerle llegar al acirate abrigado por la espaldera.
Nicolasa entonces empezó a hacer como que recogía los encajes tendidos, y dejó caer en el suelo uno de ellos que levantó enseguida, cogiendo también al mismo tiempo la piedra codiciada.
Gilberto nada podía comprender aún; mas viendo que la doncella quitaba a la piedra una cubierta de papel, llegó a convencerse de que el asunto merecía la mayor consideración por su parte.
Nada menos era que un billete que Nicolasa recibía pegado a la piedra.
La taimada poco tardó en desplegarlo, leerlo y ocultarlo en el pecho: terminada esta última operación, nada la detenía ya en aquel sitio, porque ya se habían secado por completo los encajes.