JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Sin embargo Gilberto movía la cabeza con ese ciego egoísmo del hombre cuando llega a despreciar a una mujer, que Nicolasa era en efecto una criatura viciosa, y que él se había portado muy bien, moral y políticamente hablando, al separarse con tanta ligereza como valor de una joven que recibía billetes por las paredes de los jardines.
Así discurriendo, aquel joven filósofo, que tan perfectamente hablaba de las causas y de los efectos, condenaba con toda su vehemencia, con toda su indignación, un efecto del cual él era tal vez la única causa.
Entró Nicolasa en el pabellón, y volvió a salir con una mano oculta en el bolsillo, del cual sacó al punto una llave, que Gilberto vio brillar entre sus dedos, y la colocó debajo de la puerta del jardín situada al extremo de la pared que comunicaba con la calle, y paralela a la otra puerta por donde entraba y salía la familia de la casa.
—Está bien —dijo Gilberto—: Ya lo entiendo todo; tenemos en campaña un billete y una cita: Nicolasa no pierde el tiempo, de lo cual deduzco que ya tiene otro amante.
Y frunció el ceño como un hombre convencido de que la falta de su persona debía causar un vacío irreparable en el corazón de la mujer que había abandonado, y que ve llenarse de repente aquel vacío cuando menos lo espera.