JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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De modo, que a la par que hablaba de política con M. de Richelieu, corría al encuentro del Rey, quien, por su parte, corría detrás del venado, y saludaban el mariscal y la condesa cortésmente a cuantos cazadores iban encontrando, vieron ambos, como a cincuenta pasos del camino, y sobre la hierba de una verde pradera, un pobre y desvencijado calesín roto, cuyas ruedas se habían vuelto al cielo como implorando compasión, en tanto que los dos caballos negros que debieran arrastrarlo, rumiaban tranquilamente, el uno la corteza de los árboles, y el otro la capa de musgo fresco que se extendía a sus pies.

Los caballos de madame du Barry, hermoso tronco que el Rey le regalara, habían aventajado a los demás carruajes, y fueron por consiguiente los primeros que llegaron a las inmediaciones del calesín hecho pedazos.

—¡Dios mío! Aquí ha pasado alguna desgracia, —dijo con tranquilidad la condesa.

—Sí, a fe mía —añadió el duque de Richelieu flemáticamente, porque en la corte jamás está en boga la sensibilidad—: Ese calesín se ha hecho añicos.

—¡Callad! ¿No es un muerto eso que se ve sobre la hierba? —interrogó la condesa—. Mirad, mirad.

—Creo que no, supuesto que se mueve.

—¿Es hombre o mujer?

—No puedo decíroslo, porque soy bastante corto de vista.


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