JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Toma! Nos está saludando.
—Lo que prueba que no ha muerto.
Y a la vez se quitó Richelieu su tricornio con la mayor polÃtica.
—¡Oh! ¡Oh!, ¡condesa! —exclamó enseguida—; me parece…
—Y también a mÃ.
—Que es Su Excelencia el prÃncipe Luis.
—El cardenal de Rohán en cuerpo y alma.
—¿Qué diablos hace ah�…
—Lo sabremos —dijo la condesa—. Champagne, aproxima el coche a ese calesÃn destrozado.
Entonces el cochero de la condesa dirigió los caballos a la pradera, desviándose por lo tanto del camino.
—No hay duda, es monseñor —dijo Richelieu.
En efecto era él, que se habÃa tendido sobre la hierba aguardando a que pasase por allà algún conocido suyo; de modo que al ver que madame du Barry se dirigÃa hacia él, se puso de pie.
—Señora condesa, tengo el honor de saludaros —dijo con el mayor respeto.
—¡Cómo! ¡Estáis aquÃ, cardenal!
—Ya lo veis.
—Pero habéis venido a pie…
—No, señora, sentado.
—¡Os encontráis herido!