JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No por cierto.
—¿Y por qué casualidad os halláis de ese modo?
—Por Dios, no me habléis de eso: ese maldito cochero animal con dos patas, si los hay, a pesar de haber llegado de Inglaterra, ha comprendido mis órdenes al revés, pues en vez de cortar el camino por el campo para dar alcance a los cazadores ha hecho dar al calesÃn una vuelta tan rápida que lo ha volcado, haciéndome perder todo lo que valÃa antes de romperse.
—Cardenal, no os quejéis, puesto que un cochero francés os hubiera roto la cabeza contra algún árbol, o las costillas contra un ribazo.
—Puede ser que tengáis razón.
—Consolaos, pues.
—¡Oh condesa! Soy bastante filósofo: lo único que siento es verme obligado a esperar, porque esto es muy cruel.
—¿Cómo esperar? ¿Puede un Rohán estar esperando alguna vez?
—En este caso por ejemplo. ¿Cómo lo he de evitar?
—No será asÃ, pues prefiero bajar de mi carroza, que permitir que sigáis asÃ.
—Señora, por Dios; me ruborizáis.
—Subid, prÃncipe, subid.