JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Pasó el rey al gabinete inmediato, y lo que convenció al duque de Aiguillon de que madame du Barry no había perdido una palabra del diálogo con su tío fue que él mismo se encontró en situación de oír la plática que entablaron de allí a poco la condesa y el rey.

Este último parecía encontrarse fatigado como si hubiera levantado un enorme peso. Atlas era menos impotente después de terminada su tarea, después de haber sostenido el firmamento doce horas sobre sus hombros.

El rey se hizo aplaudir y acariciar por la condesa, la cual le contó la contramina que había producido la desgracia de monsieur de Choiseul, y esto entretuvo infinito a Su Majestad.

Entonces fue cuando se aventuró madame du Barry pues caminaba viento en popa la política, y por otro lado se sentía capaz en aquel instante de revolver las cuatro partes del mundo.

—Señor —dijo con cierta coquetería—, habéis demolido, lo cual no es poco; al presente es necesario edificar.

—Ya está hecho —contestó el rey negligentemente.

—¿Tenéis ya ministerio?

—Ciertamente.

—¡Cómo! Así. ¿De pronto? ¡Sin haber respirado!


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