JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Comprendo que todos los mÃos han perdido el seso; al fin, condesa, habÃais de ser mujer. ¿No me enseñasteis el otro dÃa que antes de despedir al cocinero debÃa buscarse su sustituto?
—¡Oh! Repetidme nuevamente que en efecto habéis organizado otro ministerio.
Se incorporó el rey un poco en el amplio sofá que le servÃa más bien de cama que de asiento, y cuyo almohadón principal era un hombro de la condesa.
—Juanita —la dijo—, cualquiera supondrÃa al veros tan inquieta que ya conocéis mi ministerio, supuesto que no os gusta, y que queréis proponerme otro.
—¡Y qué! ¿SerÃa eso absurdo ni extraño?
—¡Cómo! ¿Tenéis vos un ministerio?
—¡Pues qué! ¿No le tenéis vos también?
—¡Oh! En mà es una cosa precisa. Vamos, decidme vuestros candidatos.
—Nada de eso: sepamos quiénes son los vuestros.
—Con mucho gusto; de esta manera daré el ejemplo.
—Principiemos. ¿Quién substituye en marina a monsieur de Praslin?
—Cosa nueva, condesa, cosa nueva; un hombre famoso, que jamás ha visto un puerto de mar.
—Acabad pronto…