JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es una magnÃfica invención; voy a adquirir una popularidad grandÃsima y me van a coronar en los más remotos mares… en efigie, se entiende.
—Pero ese señor, ¿quién es?
—Apostemos a que no lo adivináis entre mil nombres que os mencione.
—Un hombre cuya elección os haga popular… No ciertamente.
—Un hombre del parlamento, amiga mÃa, un primer presidente del parlamento de Besanzón.
—¿M. de Boynes?
—El mismo:… ¡Qué lista sois! ¡Cómo se advierte que no se os escapan los hombres de mérito!
—Claro; como que todos los dÃas habláis de parlamentos, Pero ese hombre no sabe lo que es un remo.
—Tanto mejor, pues M. de Praslin conocÃa muy bien su obligación y me ha obligado a gastar un dineral en construcciones navales.
—¿Y para hacienda?
—Eso ya es distinto; he nombrado a un hombre especial.
—¿Es rentista?
—No, militar, porque hace mucho tiempo que los hombres de negocios son para mà intolerables.
—¿Y para el ministerio de la guerra?