JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Estad tranquila, porque elegiré al fin a uno de esos hombres enojosos, a un rentista. Terray, por ejemplo, es tan amigo de engolfarse en operaciones aritméticas, que no dejará de hallar mil errores de cálculo en las cuentas de M. de Choiseul. Tampoco debo ocultaros que he tenido la idea de elegir para el ramo de guerra un hombre maravilloso, esto es, un hombre puro, como ahora se dice; pero únicamente me guiaba el deseo de no descontentar a los filósofos.
—¿Y a quién querÃais nombrar? ¿A Voltaire?
—A otro que se le parece: al caballero de Muy… Una especie de Catón.
—¡Dios mÃo! Me asustáis.
—Estaba ya resuelto; mandé llamarle, sus despachos estaban firmados y aun recuerdo que me daba ya las gracias, cuando mi bueno o mi mal genio (esto lo sabréis vos, condesa) me sugirió la idea de convidarle a cenar en Luciennes esta noche.
—¡Qué horror!
—Justamente es eso lo que el caballero de Muy me ha respondido.
—¿Os ha dicho eso mismo?
—Por supuesto con otras palabras; pero, en fin, me ha significado en resumen que su más ardiente deseo es servir al rey, pero que le es imposible servir a madame du Barry.
—¡Oh!, es muy galante vuestro filósofo.