JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Condesa, ya comprenderéis que yo le alargarÃa la mano… Lo hice efectivamente para que me devolviese el nombramiento, que hice pedazos sonriéndome con paciencia: y el caballero se retiró. Luis XIV hubiera encerrado a ese insensato en una torre de la Bastilla; pero yo soy Luis XV y tengo un parlamento que me pone la ley en vez de sufrirla de mi autoridad.
—¿Qué le hace? —dijo la condesa cubriendo de besos la mano del rey—, lo cierto es que sois un hombre completo.
—No afirman eso todos; Terray es odiado por la mayorÃa.
—¿Y quién no lo es? ¡Ah! ¿Y para los negocios extranjeros?
—A Bertin que es conocido vuestro.
—No es exacto.
—Pues bien, a quien no conocéis.
—¿Entre todos ellos sabéis que no encuentro yo un buen ministro?
—¿De veras? Decidme cuáles son los vuestros.
—Sólo designaré a uno.
—¿Y por qué no le nombráis? ¿Tenéis miedo?
—El mariscal.
—¿Qué mariscal? —interrogó el rey haciendo una mueca.
—El duque de Richelieu.
—¡Ese anciano! ¡Un ave frÃa!