JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Sin embargo, no esperaba M. de Richelieu todo lo que iba a ocurrirle; pero se levantó la misma mañana del día en cuestión con la firme decisión de negar sus narices al perfume, tapándolas como tapaba Ulises sus orejas con cera contra el canto de las sirenas.

Él aguardaba el resultado al siguiente día, porque efectivamente, hasta entonces no debía publicar el rey el nombramiento del nuevo ministro.

Fue grande la extrañeza del mariscal cuando al despertarse a causa del ruido de los carruajes supo por su ayuda de cámara que los patios de su palacio, así como las antecámaras y salones estaban atestados de gente.

—¡Hola! ¡Hola! —dijo enseguida—; parece que hago ruido.

—Señor mariscal, todavía es muy temprano —dijo el ayuda de cámara al ver la precipitación con que su amo se despojaba del gorro de dormir.

—Desde hoy no habrá hora para mí —dijo el duque—, y acuérdate bien de estas palabras.

—Está bien, monseñor.

—¿Qué se ha manifestado a los que vienen a visitarme?

—Que estaba durmiendo, monseñor.

—¿Nada más?

—Nada más.


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