JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Si lo que decÃs es cierto, ¿por qué me obligáis a levantarme cuando estoy cansado, y a correr a caballo, pudiendo reposar tranquilo y a gusto en una cama? Vamos, amigo mÃo, no me exageréis tanto vuestra medianÃa, o tendré que molestarme, y creer que hay mala intención de vuestra parte.
—No insisto más; os quedaréis en el castillo, pues asà lo deseáis; y dirigiéndose entonces a La-Brie:
—Ven acá, pÃcaro viejo —le dijo. TÃmidamente se adelantó La-Brie.
—¡Acércate, tunante, no te detengas!, dime: ¿crees tú que el cuarto rojo esté habitable?
—SÃ, señor, pues ya sabéis que en él se aloja el señorito Felipe cuando viene al castillo.
—No digo que no valga para un pobre teniente, que viene a pasar tres meses en casa de un padre arruinado; pero pregunto si está capaz de recibir a un rico y gran señor que viaja en posta con cuatro caballos.
—Sea cualquiera la disposición que presente, le parecerá bueno —contestó Balsamo.
Taverney dio a entender por un mohÃn que sabÃa lo que decÃa, y agregó en voz alta:
—Bien; pues que el señor se ha empeñado en quedarse aquÃ, condúcele para que se le quiten las ganas de volver a Taverney. ¿Conque estáis resuelto a pernoctar en esta casa?