JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Eres un perezoso, Rafté, pues te parece que como secretario mÃo vas a tener mucho que trabajar, y eso te asusta. AsÃ, al menos, te has expresado antes.
Al punto el mariscal se hizo vestir con esmero.
—Deseo parecer lo que soy, un militar —dijo a su ayuda de cámara—; ponme, pues, todas mis condecoraciones.
—¿Conque de modo que nos encargamos del ministerio de la guerra? —preguntó Rafté.
—Eso es; asà parece.
—Ya; pero aún no he visto el real despacho, lo cual me parece poco regular.
—Tal vez no tardará en venir.
—¡Ah! ¡Tal vez es hoy la frase oficial!
—Rafté, la vejez te hace intolerable, porque eres purista y te paras mucho en las formas. A haberlo sabido yo antes, no te hubiera confiado mi discurso de recepción en la academia, porque ese trabajo te ha convertido en pedante.
—Señor, oÃdme, y ya que formamos parte del ministerio, hablemos por orden. La cosa es efectivamente extraña.
—¡Cómo asÃ!
—Figuraos que he hablado con el señor conde de la Vandraye, y me ha dicho que no hay nada todavÃa referente a nuevo ministerio.
Contestó Richelieu sonriéndose: