JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Razón tiene el conde, pero ¿cómo es eso? ¿Has salido tú tan temprano?
—¿Y qué habÃa de hacer? Ese ruido infernal de carruajes me ha despertado: por consiguiente me he vestido, he endosado también mis condecoraciones, y he ido a dar un paseo por la ciudad.
—Vamos; eso es decir que te quieres entretener a costa mÃa.
—LÃbreme Dios de tal cosa. Es que…
—¿Qué?
—He hallado a otro sujeto…
—¿A quién?
—Al secretario del abad de Terray.
—¿Y qué?
—Me ha manifestado que su amo iba a ser ministro de la guerra.
—¡Oh! —exclamó Richelieu riéndose a carcajadas.
—¿Qué le parece de eso a monseñor?
—Que si llega a ser ministro de la guerra M. de Terray, no lo seré yo, y que tal vez lo seré si él no lo es.