JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico HabÃa oÃdo lo suficiente para saber a qué atenerse, pues era hombre de inteligencia, atrevido, infatigable, ambicioso y de tanto talento como su amo, aunque siempre se encontraba más preparado que él para todo, porque conocÃa sus grandes faltas y sus buenas cualidades. Al verle, pues, tan cierto de sà mismo, creyó que nada tenÃa que temer.
—Monseñor, vamos, daos prisa, y no hagáis aguardar demasiado, porque eso serÃa de mal agüero.
—Aquà está la lista.
—Al momento estoy; pero deseo saber qué gente hay.
Al mismo tiempo se la presentó al duque, y este leyó en ella con satisfacción los primeros nombres de la nobleza, de la magistratura y del comercio.
—¡SÃ, me haré popular! ¿Qué te parece Rafté?
—Hemos vuelto, monseñor, a la época de los milagros —contestó este.
—¡Toma! ¡Aquà está Taverney! —añadió el mariscal mirando la lista—. ¿Qué querrá hacer aqu�
—Monseñor, lo ignoro: pero salid, salid.
Y con una especie de autoridad obligó el secretario al duque a pasar al salón principal.
Debió quedar Richelieu satisfecho porque fue recibido con la misma distinción que un prÃncipe real.