JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Poco a poco se fueron marchando los concurrentes, pues querÃan, según aseguraban, dejar al señor mariscal dedicado a sus importantes ocupaciones. En el salón permaneció uno solo.
No se habÃa acercado con los otros, nada habÃa solicitado, ni aun se habÃa hecho presente.
Pero cuando se alejaron todos, aquel hombre se acercó al duque con la sonrisa en los labios.
—¡Ah, señor de Taverney! —le dijo el mariscal—. ¡Cuánto me alegro de veros!
—Esperaba la ocasión de darte mi enhorabuena, duque; una enhorabuena positiva, completa y sincera.
—¡Ah! ¿Y qué? —preguntó Richelieu, a quien la reserva de los otros habÃa obligado a mostrarse con reserva y misterio.
—Mariscal, de tu nueva dignidad.
—Silencio… silencio… No podemos hablar de eso, porque nada hay oficial todavÃa, es un se dice.
—Pero es ya cosa sabida, porque tus salones estaban llenos hace un momento.
—Y verdaderamente, no sé por qué…
—¡Oh! Yo sÃ.
—¿Por qué?, ¿por qué? —Pues por una palabra mÃa.
—¿Qué palabra?