JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—En este caso os haré compañía, señorita —prosiguió Luis XV—, pues voy a hacer una visita a mi hija como se acostumbra en el campo entre vecinos; tened la bondad de aceptar mi brazo, una vez que llevamos el mismo camino.

Sintió Andrea que le cruzaba por la vista una especie de nube, y que bajaba en hirvientes olas con toda su sangre hasta el corazón. En efecto, tal honra dispensada a una pobre joven, darle el rey el brazo, tratarla tan amablemente el soberano señor de todos, una gloria tan inesperada como increíble, una gracia en fin que hubiese dado envidia a toda una corte, le parecía así como un sueño.

Ofreció a Andrea su mano, esta descansó la punta de sus dedos sobre el guante del rey, y siguieron el camino hacia el pabellón en que habían indicado al rey hallaría a la delfina con su arquitecto y su jardinero mayor.

Se puede afirmar que aunque a Luis XV no le gustaba mucho andar, cogió el camino más largo para conducir a Andrea al pequeño Trianón. El hecho es que los dos oficiales que seguían detrás conocieron el error de su majestad y se quejaron, porque iban vestidos a la ligera y el tiempo estaba bastante frío.


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