JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Llegaron tarde, pues no hallaron a la delfina en el punto donde creían se hallaba; María Antonieta se había marchado por no hacer esperar al delfín, a quien gustaba comer entre seis y siete.
Llegó, pues, Su Alteza Real a la hora precisa, y como el delfín era muy exacto, se mantenía ya en el umbral del salón para estar más cerca del comedor cuando llegase el camarero mayor; de suerte que la delfina dio el manto que llevaba puesto a una camarista, se cogió con alegría del brazo del delfín y lo condujo al comedor.
Estaba en disposición la mesa para los dos ilustres anfitriones.
Ocupaban uno y otro el medio de la mesa quedando la parte alta, la cual nunca se ocupaba aun cuando fuesen un gran número los convidados, desde ciertas sorpresas del rey.
Colocado el cubierto del rey con su candado, ocupaba un espacio considerable; pero como el camarero mayor no hacía cuenta con aquel huésped, servía desde aquel sitio.
Detrás de la silla de la delfina, en que había el espacio preciso para que los criados pudiesen pasar, se mantenía la señora de Noailles muy tiesa, pero con la amabilidad en el rostro que se debe tener en una comida.