JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Tres veces por semana acompañaba a comer la señora de Noailles al delfín y la delfina, pero los días en que no le tocaba se hubiera guardado muy bien de faltar a la comida; entre otras cosas porque aquel era un modo de protestar contra la exclusión de aquellos cuatro días de siete que tiene la semana.

Enfrente de la duquesa de Noailles, a quien como ya hemos indicado llamaba la delfina la señora Etiqueta, se mantenía en una grada casi igual el duque de Richelieu, quien observaba las ceremonias palaciegas; pero su etiqueta era invisible para todos, porque tenía el mérito de ocultarla con una elegancia exquisita y muchas veces con un tono de broma finísimo.

De esta antítesis entre el primer gentilhombre de cámara y la camarera mayor de Su Alteza Real la delfina, resultaba que con frecuencia dejaba la conversación la duquesa de Noailles y la continuaba el duque de Richelieu.

Había viajado el mariscal por todas las cortes de Europa tomando en cada una de ellas el tono de elegancia más adecuado a su índole, de modo que como tenía un tacto admirable y una gran dosis de urbanidad, sabía, a la vez que las anécdotas que podían contarse en la mesa de los tiernos infantes, las que no había dificultad en referir en la mesa de la du Barry.


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