JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Voto al diablo, y qué bella es! —dijo Richelieu allá para sí—, el pícaro de Taverney no hizo el elogio que se merecía.

Devolvió el rey el saludo que le hizo el delfín, sentándose acto seguido a la mesa; y como tenía, lo mismo que su nieto, un apetito excelente, comió de todo cuanto le sirvió el camarero mayor como por encanto.

Sin embargo, aunque tenía la espalda vuelta hacia la puerta, buscaba alguna cosa, o mejor dicho, a alguien.

En efecto, la señorita de Taverney, que no disfrutaba de ningún privilegio, porque aun no se sabía bien la posición que desempañaba al lado de la delfina, no penetró en el comedor, sino que después de hacer su reverencia en contestación a la del rey, se encaminó a la cámara de aquella, pues ya hemos indicado que la delfina la hacía leer así que se acostaba.

Presumió la delfina que lo que buscaba el rey era su hermosa compañera de camino, y dirigiéndose a un joven oficial de guardias que se hallaba detrás del rey, dijo:

—Señor de Cogny, haced que pase la señorita de Taverney con permiso de la señora de Noailles; por esta noche faltaremos a la etiqueta.


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