JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Salió Cogny, y la cabo de un momento volvió con Andrea, quien entró temblando, porque no podía entender de dónde nacía aquella serie de atenciones a que no estaba acostumbrada.

—Colocaos —le dijo la delfina— al lado de la señora duquesa.

Andrea subió la grada con timidez, y estaba tan turbada que tuvo la audacia de colocarse a un pie de distancia únicamente de la camarera mayor.

De manera que esta le dirigió una mirada tan terrible, que, como si la pobre doncella se hubiese puesto en contacto con una botella bien cargada de Leyden[32], retrocedió a lo menos cuatro pies.

Luis XV la contemplaba y se sonreía.

—Efectivamente —dijo el duque allá para sí—, que casi no debo tomarme la molestia de mezclarme en nada, pues las cosas marchan, según puedo ver, por sí solas.

Volvióse el rey y vio al mariscal, quien estaba preparado para sostener aquella mirada.

—Señor duque, buenas noches —dijo Luis XV—: ¿Os lleváis bien con la señora duquesa de Noailles?

—Señor, la señora duquesa sigue siempre dispensándome la honra de considerarme como un aturdido.

—¿Habéis estado también, duque, en el camino de Chanteloup?


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