JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Yo, señor!, no a fe mÃa; Vuestra Majestad concede a los mÃos demasiados favores para que yo obrase de este modo.
No aguardaba el rey aquel golpe, pues si su intención era mofarse, habÃa quien le saliese al encuentro.
—¿Qué es lo que yo he hecho, duque?
—Señor, Vuestra Majestad ha concedido el mando de su caballerÃa ligera al duque de Aiguillon.
—Es verdad, duque.
—Y era preciso para ello toda la energÃa, toda la habilidad de Vuestra Majestad; casi es un golpe de Estado, señor.
Estaba la comida para terminarse, y el rey esperó un instante, levantándose enseguida de la mesa.
Para él hubiera podido ser engorrosa la conversación; mas como Richelieu se habÃa decidido a no soltar su presa, cuando el rey entabló conversación con la señora de Noailles, el delfÃn y la señorita de Taverney, Richelieu maniobró con tanta maestrÃa que se volvió a entablar la conversación, según su deseo.
—Señor —dijo—, no ignora Vuestra Majestad que el buen éxito da osadÃa.
—¿Duque, lo decÃs para demostrarnos que vos sois atrevido?