JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Verdaderamente —dijo la delfina—, ese joven es encantador, y había contraído el compromiso de hacer su fortuna; pero ¡qué desventurados son los príncipes! Cuando Dios les da buena voluntad, les arrebata la memoria o el raciocinio: ¿por qué no se me había de ocurrir que ese joven era pobre, que no era suficiente darle el empleo, sino que era necesario concederle también una compañía?

—Señora, ¿y de qué modo quería saberlo Vuestra Alteza?

—¡Oh!, lo sabía —replicó vivamente la delfina con un gesto que recordó a Andrea la casa tan desnuda y modesta, y no obstante, en que tan dichosa vivió siendo niña—; lo sabía y creí que todo estaba arreglado con dar un grado a Felipe de Taverney… ¿No se llama Felipe, señorita?

—Sí, señora.

Contempló el rey todas aquellas fisonomías tan nobles y francas; al momento fijó la vista en la de Richelieu, en quien también se comprendía un reflejo de generosidad que sin duda tomaba de la augusta persona que tenía próxima, y dijo a media voz:

—Duque, voy a indisponerme con Luciennes.

Y dirigiéndose a Andrea agregó con viveza:

—Decid que eso os causará suma alegría.

—¡Ah!, señor —dijo Andrea juntando las manos—, yo os lo suplico.


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