JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Estamos en camino de arruinar a M. de Aiguillon, pues los amigos con quienes contamos en el parlamento no se descuidan en su tarea. Si M. de Aiguillon, que lo sospecha, consigue atraparos antes de que se verifique la explosión, hará que le prometáis servirle en caso de una desgracia, pues vuestro resentimiento no será mayor que el interés de familia; pero si al contrario os negáis, M. de Aiguillon irá por ahà diciendo que sois enemigo suyo, os atribuirá el daño, y su alivio se asemejará al del que encuentra la causa de la enfermedad, aun cuando la enfermedad no se haya mejorado.
—Es muy justo todo eso —replicó Richelieu—; pero yo no puedo estar oculto siempre. ¿Cuántos dÃas son necesarios para que dé el estallido?
—Seis.
—¿Eso es seguro?
Rafté buscó en su bolsillo una carta de un consejero del parlamento; carta que sólo contenÃa los dos renglones siguientes:
Se ha resuelto dar la sentencia, la cual se dictará el jueves, último plazo que ha fijado la compañÃa.
—Pues entonces, nada más fácil —replicó el mariscal—. Devuelve al duque su carta con un billete en estos términos: