JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Señor duque: Ya conoceréis la salida del señor mariscal para***, pues su médico ha creído que debía mudar de aires, hallándose, como se halla, un tanto fatigado. Sí, como no dudo, conforme habéis tenido la atención de manifestarme el otro día, deseáis hablar con el señor mariscal, puedo asegurar que el jueves en la noche, de regreso ya el señor duque de***, dormirá en París, donde le hallaréis sin falta alguna.

—Y ahora —agregó el mariscal—, escóndeme en alguna parte hasta el jueves.

Siguió Rafté aquellas instrucciones puntualmente, escribiendo y enviando el billete, y facilitando el escondite; pero fastidiado M. de Richelieu salió una noche de él para ir a Trianón a hablar con Nicolasa, con lo cual nada arriesgaba, o a lo menos así lo imaginaba, sabiendo que el duque de Aiguillon se encontraba en el pabellón de Luciennes.

De esta operación resultó que si M. de Aiguillon sospechó alguna cosa, no pudo parar el golpe que le amenazaba por no hallar la espada de su enemigo.

Conformóse, pues, con el plazo del jueves, y cuando llegó este día, salió de Versalles con la esperanza de que al fin iba a encontrarse y a combatir con aquel antagonista impalpable.

Hemos dicho ya que aquel fue el día en que el parlamento lo sentenció.


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