JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En las espaciosas calles por donde atravesó la carroza de M. de Aiguillon, reinaba una gran fermentación, sorda todavía, pero muy inteligible para el parisiense que tan bien conoce el nivel de sus ondas.
A nadie llamaba la atención, porque había adoptado la precaución de viajar en un carruaje sin armas y con dos lacayos vestidos de paño pardo, como si saliera a buscar fortuna.
Vio acá y allá grupos de gente que se mostraban un papel, lo leían haciendo grandes gesticulaciones, y se rebullían como las hormigas en derredor de un terrón de azúcar caído en el suelo; pero aquella era la época de las conmociones inofensivas, agrupándose el pueblo del mismo modo por un impuesto sobre el trigo, un artículo de la Gaceta de Holanda, una poesía de Voltaire o una canción contra la du Barry o M. de Maupeou.
Se dirigió Aiguillon en derechura al palacio de Richelieu, hallando únicamente en él a Rafté, quien le dijo:
—De un momento a otro se espera al señor mariscal; sin duda se habrá detenido en barreras por alguna tardanza en las postas.
M. de Aiguillon decidióse a aguardarle, manifestando al propio tiempo cierto mal humor contra Rafté, porque atribuyó la disculpa a una nueva derrota.