JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Peor fue cuando Rafté le manifestó que el mariscal se desesperarÃa asà que llegase y supiera que M. de Aiguillon habÃa tenido que aguardar; que sin duda alguna no volverÃa solo del campo, y no harÃa sino cruzar a ParÃs para informarse de las novedades que hubiese en casa: y que de consiguiente, harÃa bien M. de Aiguillon en retirarse a la suya, adonde el mariscal llegarÃa de paso.
—Rafté, escuchadme —dijo Aiguillon cada vez más incomodado al oÃr aquella réplica tan oscura—; vos sabéis cómo piensa y obra mi tÃo, y desearÃa me contestaseis como hombre de bien: se están mofando de mÃ, ¿no es cierto?, y el mariscal no quiere verme… No me interrumpáis, Rafté; infinitas veces habéis sido para mà un buen consejero, y yo fui para vos, como lo seré siempre, un buen amigo; ¿me vuelvo a Versalles?
—Bajo palabra de honor os digo, señor duque, que antes de que haya pasado una hora, irá a visitaros a vuestra casa el señor mariscal.
—Pero en tal caso, puesto que ha de venir, lo mismo es que yo le aguarde.
—He tenido la honra de deciros que acaso no vendrá solo.
—Lo comprendo, y confÃo en vuestra palabra, Rafté.