JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Se fue pensativo el duque, pero con un aire tan noble y gracioso como extraña era la figura que sacó el mariscal cuando salió de un gabinete con puerta de cristales al marcharse su sobrino.

Se sonreía el mariscal como uno de los feísimos demonios que Callot ha pintado en su cuadro de las tentaciones.

—¿No sospecha? —dijo a Rafté.

—Supongo que no, monseñor.

—¿Qué hora es?

—Nada importa la hora, monseñor; es necesario esperar a que venga a avisarme nuestro procurador del Châtelet, pues todavía continúan los comisionados en la imprenta.

Apenas concluyó de decir estas palabras Rafté, introdujo un lacayo por una puerta secreta a un personaje bastante mugriento, feo y negro; a uno de esos hombres-pluma que inspiraban a M. du Barry tanta antipatía.

Empujó Rafté al mariscal para que se encerrase en su aposento, y con la sonrisa en los labios salió a recibir a aquel hombre, diciéndole:

—¡Ah! ¡Sois vos, maese Flageot!, me alegro mucho de veros.

—Vuestro servidor, señor de Rafté; vengo a deciros que el negocio está ya terminado.

—¿Se ha impreso?


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