JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Una tirada de cinco mil ejemplares; los primeros circulan ya, y los demás se están secando.
—¡Qué desgracia, señor Flageot! ¡Qué desesperación para la familia del señor mariscal!
Por no responder M. Flageot, es decir, por no mentir, sacó una gran caja de plata, y tomó lentamente un polvo de tabaco.
—¿Y qué hay que hacer enseguida? —prosiguió Rafté.
—Señor Rafté, la fórmula: seguros los señores comisionados de que se han tirado y repartido los ejemplares, subirán enseguida en la carroza que les está esperando en la puerta del impresor, e irán a notificar la sentencia a M. de Aiguillon, quien precisamente (ved qué fortuna, es decir, qué desgracia, señor Rafté) se halla en su palacio, de manera que se le va a hacer la notificación personalmente.
De repente hizo Rafté un movimiento y cogió de encima de una mesa un enorme saco lleno de papeles, entregándoselo a maese Flageot, a quien dijo:
—Ahà tenéis las piezas de que os hablé; el señor mariscal confÃa mucho en vuestras luces, y abandona en vuestras manos este asunto que debe proporcionaros no pocas ventajas. Gracias por la molestia que os tomáis avisándome el deplorable conflicto que ha sobrevenido entre M. de Aiguillon y el omnipotente parlamento de ParÃs.