JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Los caballos de M. de Richelieu marchaban con más velocidad que los de los señores comisionados, pues el mariscal llegó antes que ellos al palacio de M. de Aiguillon.
No aguardaba ya el duque a su tío, y se disponía a marcharse de nuevo a Luciennes, con el propósito de anunciar a la du Barry que el enemigo había arrojado la careta, cuando el conserje fue a avisar la llegada del mariscal, sacando del fondo de su entorpecimiento a aquel espíritu abatido.
Corrió el duque a recibir a su tío, y le cogió las manos simulando tanta ternura como miedo había tenido.
También el mariscal se dejó llevar del cariño, y el cuadro fue interesante; pero se veía no obstante en Aiguillon deseo de entrar en explicaciones, mientras que el mariscal alejaba la ocasión lo mejor que podía, mirando, ora un cuadro, ora una estatua de bronce, ora un objeto de tapicería, y lamentándose de que estaba sumamente cansado.
Cortó el duque la retirada a su tío, le obligó a embutirse en un sillón. Como monsieur de Villars al príncipe Eugenio en Marchiennes, y empezó el ataque diciéndole: