JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Es cierto, tÃo, que a pesar de que sois el hombre más agudo de Francia me juzgáis tan mal que creéis seré yo tan egoÃsta como vos?
Como no existÃan términos hábiles de poder retroceder, Richelieu adoptó su partido replicando:
—¿Qué es lo que me dices, y en qué ves, querido, que yo te juzgue bien o mal?
—Vos, tÃo, estáis enfadado conmigo.
—Pero ¿a qué propósito?
—¡Oh!, dejémonos de evasivas, señor mariscal, vos os apartáis de mà cuando yo os necesito, y con esto está dicho todo.
—Bajo palabra de honor que no te entiendo.
—Más claro. El rey no ha tenido a bien nombraros ministro, y como yo he aceptado el mando de la caballerÃa ligera, suponéis que os he abandonado y hecho traición, siendo asà que esa adorable condesa os quiere de corazón.
Richelieu aplicó el oÃdo, pero no fue solamente a las palabras de su sobrino, y luego agregó:
—¿Conque dices que esa adorable condesa me quiere de corazón?
—Y lo probaré.