JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Nada… hubiera aguardado sin dar señales de vida; pero rabiabais por oponer el Parlamento a la du Barry, desde el instante en que a esta le pareció M. de Aiguillon más joven que vos.

El mariscal contestó con un gruñido.

—Pues bien —continuó Rafté—, bastante hacíais con excitar el Parlamento a que procediera como ha procedido; pero una vez dictada la sentencia, debisteis ofrecer vuestros servicios al sobrino, quien nada hubiera sospechado.

—Eso todo es muy bueno, pero, admitiendo que me haya equivocado, vos habéis debido advertírmelo.

—¿Estorbar yo que se hiciera daño?… ¿Por quién me tomáis, señor mariscal? A todo yente y viniente repetís que soy hechura vuestra, que me habéis enseñado, ¡y queréis que no me regocijara al ver que se había hecho una tontería, o que había sucedido una desgracia…!

—¿Y ocurrirá una desgracia, señor hechicero?

—Con toda seguridad.

—¿Cuál?

—Que vos os obstinaréis, y que apoyado M. de Aiguillon por la du Barry, el día que caiga el Parlamento será ministro, y vos desterrado… o a la Bastilla.

El mariscal, furioso, vertió en la alfombra todo el tabaco que tenía en la caja.


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