JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ojalá…!, si me bromeara, serÃa porque las circunstancias lo mereciesen… y desgraciadamente no es asÃ.
—¿Y por qué no es tiempo?
—Monseñor, os repito que no lo es. Si el decreto del rey hubiese llegado a ParÃs, no digo que no…; ¿queréis que enviemos un correo al señor presidente Aligre?
—Para que se mofen más pronto de nosotros…
—¡Qué amor propio tan ridÃculo tenéis, señor mariscal!, sois capaz de hacer perder la paciencia a uno… Ea, dejadme que termine mi plan de desembarque en Inglaterra, y acabad de anegaros en vuestra intriga de cartera, puesto que la tarea está ya medio hecha.
ConocÃa el mariscal sobradamente el mal humor de M. de Rafté, y sabÃa que si le acometÃa la melancolÃa no podrÃa sacar a su secretario una palabra ni con pinzas. Asà le dijo:
—Vamos, no te incomodes, y si ves que no comprendo, haz que comprenda.
—Monseñor, ¿queréis que os indique un plan de conducta?
—Ciertamente, ya que estás creÃdo que yo no sé gobernarme por mÃ.
—Pues atended.
—Ya te escucho.