JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Enviaréis a M. de Aligre —repuso Rafté en tono áspero—, la cartera de M. de Aiguillon, con el decreto que el rey ha dado en consejo; esperaréis a que el Parlamento se reúna y delibere, lo cual sucederá in continenti y acto seguido subiréis a vuestra carroza, e iréis a visitar a vuestro procurador maese Flageot.

—¡De veras! —exclamó Richelieu, a quien este nombre hizo dar un salto lo mismo que la víspera—. Otra vez M. Flageot; ¿qué demonios tiene que ver en esto M. Flageot, y qué haré yo en casa de un hombre que se llama M. Flageot?

—Me ha cabido la honra de indicaros, monseñor, que M. Flageot es vuestro procurador. —Y bien, ¿qué?

—¿Qué? Que siendo, como es, vuestro procurador, posee unos sacos vuestros… unos pleitos de cualquier clase que sean… id a cercioraros en qué estado se encuentran vuestros asuntos.

—¿Mañana?

—Sí, mañana, señor mariscal.

—Pero eso os corresponde a vos, señor Rafté. —No, no… eso estaba bien cuando M. de Flageot era un simple emborronador de papel; en aquel tiempo yo podía tratar con él de igual a igual; pero como desde mañana será M. Flageot un Atila, un azote de los reyes, ni más ni menos, es necesario un duque, un mariscal, un par de Francia que conferencie con él.


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