JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El mariscal divisó el tocado de una mujer que se apeaba de aquel carruaje, y como sus setenta y cuatro años no le habían hecho desistir de su afición a la galantería, se apresuró a hundir sus pies en el negro barro para ir a ofrecer la mano a aquella dama que iba sola.

El mariscal no estaba de suerte en aquel día, pues conoció que aquella mujer era una vieja, al verla sostener en el estribo una pierna seca y rugosa. Un rostro también arrugado, curtido bajo una línea de encarnado, concluyó de probarle que aquella mujer no sólo era vieja, sino decrépita.

No obstante, el mariscal no podía retroceder; había hecho un movimiento, y este movimiento fue visto, además de que Richelieu tampoco era joven. Mientras, la pleitista, porque, ¿qué señora de coche hubiera ido a aquella calle a no ser una pleitista?, la pleitista, decimos, no imitó la indecisión del duque, sino que puso, con una horrible sonrisa, su mano en la de Richelieu.

—Esta cara la he visto yo en algún sitio —dijo el mariscal en voz baja. Y en alta voz:

—¿Señora?, ¿vais también a casa de maese Flageot?

—Sí, señor duque —respondió la vieja.

—¡Oh!, tengo el honor de que me conozcáis —dijo el duque no muy satisfecho, parándose en el umbral del oscuro pasadizo.


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