JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Quién no conoce al señor duque de Richelieu? —le respondió—. SerÃa preciso para ello no ser mujer.
—¡Pues no cree esta tarasca que es mujer! —murmuró el vencedor de Mahón.
Y con suma gracia la saludó, agregando:
—No sé si me atreva a preguntar con quién tengo el honor de hablar.
—Con la condesa de Béarn, servidora vuestra —respondió la vieja haciendo una reverencia de corte sobre el asqueroso entarimado del pasadizo a tres pulgadas de distancia de la trampa de una cueva que se encontraba abierta, y por donde el maligno mariscal esperaba verla desaparecer a manera de escotillón.
—Señora, lo celebro mucho —dijo—, y doy mil gracias a la casualidad que me ha proporcionado el gusto de veros; ¿conque también tenéis pleitos, señora condesa?
—Tengo uno solo, señor conde, pero ¡qué pleito! Es extraño que vos no hayáis oÃdo hablar de él.
—¡Ah!, sÃ, ese gran pleito… es cierto; no sé cómo demonios se me habÃa olvidado.
—Contra Saluces.
—SÃ, contra Saluces; ese pleito que ha motivado una canción.
—¿Una canción? —preguntó la vieja picada—, ¿y qué canción es?