JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Conque no se sentencia mi pleito! —exclamó la señora de Béarn con un terror que ni intentaba disimular.
—Ni el vuestro ni el del señor duque.
—¡Pero eso es infame! ¡Eso es rebelarse contra los mandatos de Su Majestad!
—Señora —replicó el procurador majestuosamente—, el rey se ha extralimitado, y nosotros… hacemos lo mismo.
—Señor Flageot, conseguiréis que os encierren en la Bastilla, yo soy quien os lo digo.
—Señora, iré a ella cantando, y si voy, todos mis colegas me acompañarán con palmas.
—¡Está furioso! —dijo la condesa a Richelieu.
—Lo mismo estamos todos —replicó el procurador.
—¡Oh!, ¡oh! —exclamó el mariscal—, esto se va haciendo curioso.
—¿Pero no me manifestasteis hace poco que os ocupabais de m� —repuso la condesa.
—Lo he dicho, y es verdad… Vos sois, señora, el primer ejemplo que cito en mi narración, y aquà tenéis el párrafo que os concierne.
Tomó el alegato empezado de manos de su pasante; colocóse las antiparras, y leyó con voz enfática lo que sigue: