JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Muy bien —contestó el filósofo, quien se estremeció levemente al oÃr resonar su propia voz en la bóveda de aquella cueva sombrÃa—; lo he oÃdo, pero no me asombro de las interpelaciones cuando veo quien me las hace. ¡Cómo! ¡Un hombre cuyo estado es combatir lo que se llama padecimientos fÃsicos, prestando en esta forma ayuda a sus hermanos, sean o no masones, viene a predicar aquà la utilidad de esos padecimientos…! ¡Buen camino ha elegido para hacer que el hombre sea feliz, y curar las enfermedades!
—No se trata aquà —replicó con viveza el joven—, de este o del otro, pues ni yo conozco al candidato, ni el candidato debe conocerme a mÃ. Yo procedo con arreglo a la lógica, sosteniendo que el venerable ha hecho mal en hacer excepción de personas: del mismo modo que yo no veo en ese individuo al filósofo, tenga él la bondad de no ver en mà al cirujano, porque quizá debamos estar juntos toda la vida sin que una mirada ni un gesto descubra jamás nuestra intimidad más estrecha, sin embargo, gracias al vÃnculo de asociación que une todas las amistades vulgares. Insisto, pues, en que si se ha creÃdo que el que va a entrar en nuestra comunión no debÃa hacer pruebas, a lo menos debe preguntársele.