JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Porque advierto —replicó Balsamo—, que el principio del bien lucha aún en vuestro interior contra el del mal, que algún dÃa se sobrepondrá al otro, voy a ver si consigo corregiros de esos defectos. Si debo conseguirlo, si el orgullo no domina ya en vos a ningún otro sentimiento, lo lograré en una hora.
—¿En una hora? —exclamó Marat.
—SÃ, ¿consentÃs dedicarme esa hora?
—¿Por qué no? —¿Dónde podré veros?
—Maestro, a mà me corresponde acudir al sitio que tengáis a bien indicar a vuestro servidor.
—Pues bien —dijo Balsamo—, acudiré a vuestra casa.
—Pensad en el compromiso que contraéis, maestro, porque vivo en una buhardilla, ya lo oÃs —dijo Marat simulando sencillez; pero con orgullo y con una fanfarronada de miseria que no se escapó a Balsamo—; entretanto que vos…
—Yo, ¿qué?
—Habitáis en un palacio, según he sabido. Encogióse de hombros como podÃa hacer un gigante que desde la cúspide de su elevada estatura midiese la extensión del enojo de un enano.
—Pues bien, corriente —contestó—, iré a veros a vuestra buhardilla.
—¿Qué dÃa?
—Mañana.