JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Quién me lo garantiza?
—Primero yo, y al momento él; y si no preguntádselo antes.
—¿Podemos dejaros libre, amigo?
—Sà que podéis.
—¿Y ofrecéis no moveros?
—Lo prometo, si me lo ordenáis.
—Os lo mando.
—Caballero, a fe mÃa —dijo el cirujano mayor—, que habláis con tal seguridad, que estoy tentado por hacer la experiencia.
—Hacedla, y nada temáis.
—Desatadle —mandó el cirujano mayor.
Obedecieron los ayudantes y Balsamo se aproximó a la cabecera de la cama.
—Desde este momento —dijo—, no os mováis hasta que yo os lo mande.
Una estatua tendida sobre un sepulcro no hubiera estado tan inmóvil como se quedó el enfermo al escuchar aquella intimación.
—Empezad ahora la operación —dijo Balsamo—, el enfermo está completamente dispuesto.
Tomó el cirujano el bisturÃ; pero titubeó.
—Cortad, cortad —dijo Balsamo con el aire de un profeta inspirado.