JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Marat, a quien no se le habÃa olvidado la desaparición del reloj, se detuvo ante el cuarto de la portera, si es que el agujero donde esta habitaba merecÃa el nombre de cuarto, y preguntó por la señora Grivette.
Un chico de siete a ocho años, flaco, raquÃtico y descolorido le contestó con voz chillona:
—No está mamá; pero ha dicho que si el señor venÃa le entregásemos esta carta.
—Bien —dijo Marat—, le dirás cuando regrese que me la suba ella.
—Está bien, señor.
Marat y Balsamo continuaron subiendo.
—¡Ah! —dijo Marat indicando un asiento a Balsamo y sentándose él en un banco de madera—, ya veo que el maestre posee muy buenos secretos.
—Eso consiste —respondió Balsamo—, en que quizás habré penetrado antes que otro la Naturaleza y la omnipotencia de Dios.
—¡Oh! —exclamó Marat—, ¡cómo demuestra la ciencia lo poderoso que es el hombre, y qué orgulloso debe estar uno porque lo es!
—Agregad que es un orgullo no sólo ser hombre, sino médico.
—Asà es que me vanaglorio de hablar con un hombre tan sabio, maestre.
—Y eso —continuó Balsamo sonriendo—, que sólo soy un pobre médico del alma.