JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El alma, superior en aquella mujer al cuerpo, velaba como una lámpara, iluminando, por decirlo así, el cuerpo con un reflejo diáfano, y frecuentemente se veía brillar en aquellos ojos entorpecidos y empañados, un rayo de inteligencia, hermosura, juventud, amor y todo lo más exquisito que existe en la naturaleza humana.

La portera entró con la carta en la mano, y con voz apagada, con voz de vieja, porque las mujeres condenadas a vivir en la miseria envejecen a los treinta años:

—Señor Marat —dijo—, aquí os traigo la carta que habéis pedido.

—No deseaba yo precisamente la carta —dijo Marat—, sino hablaros.

—Pues bien, señor Marat, me tenéis a vuestra disposición.

La señora Grivette hizo una reverencia, y continuó:

—¿Qué es lo que queréis?

—Averiguar dónde está mi reloj, como podéis presumiros.

—No sé, ayer lo vi colgado encima de la chimenea.

—Os equivocáis, porque todo el día lo llevé en el bolsillo del pantalón, hasta que al tiempo de salir a las seis de la tarde ante el temor de que me lo quitaran en medio del gentío en que iba a meterme, lo coloqué debajo del candelero.


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