JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Entonces allà estará seguramente.
Y la portera, con una candidez fingida que no presumÃa era su acusadora, fue a levantar precisamente de los dos candeleros que servÃan de adorne a la chimenea, aquel en que Marat habÃa escondido el reloj.
—SÃ, lo que es el candelero está ahÃ; ¿pero y el reloj?
—Es cierto que no está, puede ser que no lo hayáis puesto aquÃ, señor Marat.
—Cuando digo que lo he puesto…
—Buscadlo bien.
—¡Oh! He buscado muy bien —dijo Marat mirándola con enfado.
—Pues lo habréis perdido.
—¿No os he dicho que ayer lo coloqué yo mismo debajo del candelero?
—Entonces habrá entrado alguien aquÃ. —Dijo la señora Grivette—: ¡Cómo recibÃs a tanta gente que no conocéis!
—Excusas y nada más que excusas —exclamó Marat incomodándose cada vez más—, bien sabéis que nadie entró aquà ayer. No, no, mi reloj ha emprendido el mismo camino que el puño de plata del último bastón que tuve; la cucharita, igualmente de plata que sabéis, y el cuchillo de seis hojas. Me están robando, y si hasta aquà lo he tolerado ya no quiero sufrirlo por más tiempo; ¡conque cuidado!