JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No lo sé.
—Ya estáis viendo —dijo Marat—, como la conciencia es un refugio impenetrable.
—Puesto que esa es la única duda que os queda —dijo Balsamo—, os voy a convencer.
Y dirigiéndose hacia la portera:
—Os ordeno que digáis quién…
—Vamos, vamos —dijo Marat—, no exijáis imposibles.
—Señora Grivette —dijo Balsamo—, ya he mandado que lo quiero.
Entonces al impulso de aquella voluntad imperiosa, la desgraciada mujer comenzó a torcerse las manos y los brazos como una loca: un estremecimiento igual al de la epilepsia se apoderó de todo su cuerpo; su boca tomó una expresión espantosa de terror y debilidad; cayó de espaldas, y se encogieron sus miembros lo mismo que si le hubiera acometido una convulsión.
—No, no —decÃa—, prefiero morir.
—Pues bien —exclamó Balsamo lleno de ira—, morirás, si es necesario, pero hablarás: ¿quién ha cogido el reloj?
El ataque nervioso alcanzó su colmo; toda la fuerza y poder que tenÃa la somnámbula, resistÃa a la voluntad de Balsamo; de su boca partieron gritos inarticulados, y una espuma rojiza manchó sus labios.
—Le atacará la epilepsia —dijo Marat.