JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Continuó el silenció.
Balsamo extendió hacia ella la mano llena de fluido, y aniquilada la infeliz con aquel ataque terrible, sólo le quedaron fuerzas para murmurar:
—Su querido.
Marat exhaló un grito de asombro.
—Callad —dijo Balsamo—, permitid que hable la conciencia.
Y dirigiéndose a la somnámbula que estaba temblando de pies a cabeza, le preguntó:
—¿Y por quién fue inducida la señora Grivette a cometer el robo?
—Por nadie; levantó el candelero por casualidad, vio el reloj y la tentó el demonio.
—¿Lo hacía por necesidad?
—No, puesto que no ha vendido el reloj.
—¿Lo ha regalado?
—Sí.
—¿A Simón?
La señora Grivette hizo un esfuerzo y respondió:
—A Simón.
Y se cubrió la cara con las manos vertiendo un torrente de lágrimas.
Balsamo miró a Marat, quien con la boca abierta, descompuestos los cabellos y dilatados los párpados, contemplaba lleno de asombro aquel espectáculo espantoso.