JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Ya habéis presenciado —le dijo—, la lucha entre el alma y el cuerpo; ya veis cómo la conciencia ha cedido. No neguéis, pues, que hay conciencia; no neguéis que hay alma; ¡no neguéis lo que desconocéis, joven! Sobre todo, creed en la fe, que es el poder supremo y, puesto que tenéis ambición, estudiad.

Y luego de decir esto saliĂł de la buhardilla.

Marat no pensĂł siquiera en ir a despedirle, pero asĂ­ que se repuso advirtiĂł que la portera seguĂ­a dormida.

Aquel sueño le pareció espantoso, y mejor hubiera deseado tener en su lecho un cadáver, aunque M. de Sartine interpretase aquella muerte allá a su manera.

Al contemplar aquella atonía, aquellos ojos del revés y aquellas palpitaciones, sintió miedo, miedo que se aumentó mucho más cuando vio que aquel cadáver con vida se levantaba.

—¿Marchamos, señor Marat? —le decía.

—¿A dónde?

—A la calle de Santiago.

—¿Qué haremos allí?

—Vamos, vamos, pues me manda que os conduzca allá.

Marat se puso de pie.

Entonces la señora Grivette, siempre dormida, abrió la puerta y bajó la escalera a guisa de pájaro o de gata, es decir, sin tocar apenas los escalones.


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