JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Rousseau hizo un saludo, poniéndose como la grana, y Teresa, que se hallaba en un ángulo del comedor, con las manos metidas en los bolsillos de su traje, contemplaba con halagüeños ojos al simpático mensajero de la princesa más grande de Francia.

—¿Y qué desea de mí Su Alteza Real? —dijo Rousseau—… pero sentaos, si gustáis, caballero.

Rousseau se sentó, y M. de Cogny tomó asiento también, y dijo:

—Comiendo hace días Su Majestad en Trianón elogió vuestra deliciosa música, y Su Alteza, mi señora, que desea agradar a Su Majestad, ha ideado representar en Trianón una de vuestras lindísimas obras.

Rousseau hizo un saludo profundo, y el gentilhombre prosiguió:

—Vengo, pues, a pediros de parte de la señora delfina…

—¡Oh! —interrumpió Rousseau—, mi permiso para nada hace al caso. Mis obras y las arietas que forman parte de ellas, pertenecen al coliseo en que se han representado; de consiguiente a quienes se debe pedir el permiso es a los actores, y estoy segurísimo de que Su Alteza Real no hallará obstáculo alguno a sus deseos, porque para los cómicos de referencia es una fortuna representar y cantar en presencia de Su Majestad y de toda la corte.


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