JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Efectivamente, Nicolasa llamaba a su ama desde el otro extremo de la calle de árboles, con el fin de no interrumpir demasiado bruscamente la conferencia que tenía no sabía con quién, pues no conoció a Gilberto entre la espesura.

Pero al aproximarse vio al joven y se quedó estupefacta, arrepintiéndose entonces de no haber hecho un rodeo, a fin de oír lo que Gilberto decía a la señorita de Taverney.

Esta, dirigiéndose a Nicolasa dulcemente, para que Gilberto comprendiera mejor la altanería con que le había hablado, le interrogó:

—¿Qué hay, hija mía?

—El señor barón y el señor duque de Richelieu han preguntado por vos, señorita —dijo Nicolasa.

—¿Y dónde se encuentran?

—En vuestra habitación, señorita.

—Ven, pues.

Andrea se marchó, y Nicolasa le siguió, pero no sin lanzar a Gilberto al tiempo de marcharse una mirada irónica: a Gilberto, que pálido, ciego, tendió el brazo en dirección a la calle de árboles por donde se alejaba su enemiga, y murmuró rechinando los dientes:


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