JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Porque tanto vos como mi hermano no tenéis nada de lo necesario, y ese lujo superfluo deslumbra mi vista desde que pienso en vuestros apuros.
Taverney le oprimió la mano sonriéndose.
—¡Oh!, no te cuides de eso, hija mÃa, porque el rey ha hecho más por mà que por ti. Estamos en favor, querida, y serÃa impropio de unos súbditos respetuosos y de una mujer agradecida, que te presentaras delante de Su Majestad sin el adorno que te ha regalado.
—Siendo asÃ, obedeceré, señor.
—SÃ, pero es necesario que obedezcas con gusto… ¿No te agrada esta joya?
—No entiendo de diamantes, señor.
—Pues bien, solamente las perlas valen cincuenta mil libras.
Andrea juntó las manos.
—Señor, no me explico por qué Su Majestad me hace a mà semejante regalo, pensadlo bien.
—¿Y qué quieres decir con eso? —dijo Taverney secamente.
—Creed que si llevo estas perlas la gente se admirará.
—¿Y por qué? —dijo Taverney con el mismo tono y una mirada imperativa y frÃa que hizo a su hija bajar la vista.
—Es un escrúpulo que tengo.